EL CASTIGO DIVINO
Tuvo que admitir los hechos en su justa medida: no había dormido un solo minuto en los últimos siglos y era de suponer que Hipnos, dios del sueño, hijo de la noche y hermano gemelo de la muerte, no iba nunca a levantarle el castigo. Empujado por su debilidad humana, se postró ante Zeus y suplicó por una compañera de juegos que suavizase con su calor la infinita soledad de sus noches venideras. Absorto en sus reflexiones sobre los conflictos del Universo, Zeus lo miró y no supo qué responder.
LA WEB DE MARINA
Marina tecleó en el formulario de un buscador de Internet: “Estoy sola. Me llamo Marina. Escríbeme si también te encuentras solo”. Por suerte dio con la web de otra chica que, como ella, también se llamaba Marina. No era la única coincidencia: la otra Marina también buscaba compañía. Decidió escribirle un correo electrónico. En el apartado Asunto tecleó: “No te preocupes. Nos haremos compañía mutuamente. Mi nombre es Marina”. Y dejó el cuerpo del mensaje en blanco. Todo estaba dicho ya.
Un minuto después, Marina recibió el correo electrónico que se había enviado a sí misma. Sonrió y respiró profundamente. Sabía que esa nueva amistad le haría compañía hasta el fin de sus días.
AMANTES
Imposible ignorar la identidad de aquella mujer recostada sobre su pecho. Era su esposa, la madre de sus hijos, quién si no. Pero había regresado del sueño con tantos deseos de dar y recibir, que sucumbió a la fantasía más infame: pensó que era una desconocida y la estrechó cariñosamente entre sus brazos. Ella, envuelta aún en la resaca del sueño, no pudo sospechar que aquellos brazos dulces pertenecían a su marido. Nunca antes, reflexionaron cuando todo hubo acabado, habían sido tan infieles el uno al otro. El llanto de un niño, procedente de una de las habitaciones contiguas, no hizo sino agravar ese sentimiento. Y no por amor sino para repartirse la losa de la culpa, volvieron a abrazarse.
BILLETES
Una vez me encontré en el suelo un billete de mil pesetas. A decir verdad, no era un billete de mil, sino la mitad de uno de dos mil. Un papel sin valor; no obstante, lo guardé en mi bolsillo.
Me movía entonces como una hormiga por los oscuros callejones de la vida: errabundo, hastiado, sin ilusiones. Pasaba el tiempo, mi tiempo.
Y en uno de aquellos callejones, en el interior de una maltratada papelera, apareció otro día la mitad de mi billete. No tuve la menor duda. Sumé: dos mil. Fue fácil.
Me acerqué a la Estación de Autobuses de mi ciudad y pedí un billete para el Paraíso. La chica de la taquilla se dirigió hacia una estantería a sus espaldas y abrió una pequeña caja llena de polvo. De allí sacó aquel impreso, también cubierto de polvo. Cuando lo tuve entre mis dedos, pregunté su precio. Dos mil pesetas, dijo ella.
Hace ya tiempo de aquello, y no lo habría vuelto a recordar si no fuera porque ayer tropecé con la mitad de un billete de dos mil. Es curioso, aquí en el Paraíso las calles también están sucias, y hay cientos de vagabundos que se arrastran por ellas, muertos en cada esquina, alguien que dispara misiles tierra-aire... Me guardé aquel pedazo de papel en el bolsillo.
Ahora estoy cansado y apenas me tengo en pie, pero he decidido salir cada mañana en busca de la otra mitad. Y si algún día la encuentro, iré a la estación de autobuses, dispuesto a emprender un nuevo viaje. Así, sentado junto a la ventanilla, podré contemplar kilómetros y kilómetros de silenciosa carretera que no lleva a ninguna parte.
AL DESPERTAR
Nada marchaba bien ya. Nuestras disputas eran cada vez más frecuentes y agresivas. Todo estaba roto, hueco, olía a podrido. Se acercaba el fin de la relación.
Aquella tarde, después de echarnos en cara tantas y tantas cosas (todas ciertas y todas mentira), se marchó de casa, dando un portazo. Cuando regresó, yo estaba en la cama, casi dormido. Noté su cuerpo pegarse tímidamente al mío, transmitiéndome el calor de la indiferencia. Para confirmar la idea de que no había salvación posible, hicimos el amor salvajemente, mintiéndonos, ahogándonos aún más, matando el veneno de la verdad con chillidos artificiales. Al acabar, nos quedamos mirando al techo, cubriendo nuestros presentimientos de silencio. Ella lo sabía y yo lo sabía: la proximidad era lo que nos alejaba.
(Es todo tan gris cuando estás con una mujer que ya no te ama y a quien ya no amas...).
Ambos esperábamos el sueño como una tabla de salvación. ¿Hasta cuándo aquella agonía? Decidí entonces que a la mañana siguiente, en cuanto despertase (en vez de aceptar un alto el fuego, como venía siendo lo habitual), me levantaría para hacer las maletas. No podía vivir más tiempo a su lado.
Pero al despertar resulta que no despertamos. No estábamos allí, en aquella cama sin deshacer; no era aquella nuestra casa, ni aquellos cuerpos eran nuestros cuerpos; nuestras riñas no habían existido tampoco en el mundo de la realidad. Simplemente, no estábamos. De repente comprendimos que toda nuestra vida había sido un sueño. Nos miramos. Deseando ser soñados nuevamente.
MICRORRELATOS